FRIDA

La experiencia de una historia

Rusia, Junio 2001

Pisar el suelo de Rusia fue tocar una de las historias más fascinantes de la humanidad todavía encerrada y oculta; aunque se conoce mucho, no es ni una pequeña parte de lo que es necesario conocer, de un proceso que fue objeto más de prejuicios y frases hechas, políticas de receta e historia de guerras y de enredos, que de conocimiento científico; donde de pronto parece que todo hubiera sucumbido o que nada hubiera pasado.

Llegar al aeropuerto de Moscú fue un golpe con lo extraño. Dificultosos trámites en las ventanillas para todos los viajeros, donde no se entiende bien si se trata de controles severos o de inoperancia administrativa.

De pronto, y superado el pasaje después de algunas horas de papeles, autopistas que van llevando al centro de la ciudad, que está lejos, uno no sabe bien cuánto, hasta que va llegando y el tránsito se hace más intenso pero rápido, grandes avenidas anchas y sin cruces que permiten llegar al centro casi a velocidad de autopista.

Pocos carteles, algunos luminosos y que se reconocen por los logotipos de las grandes empresas transnacionales. Llegar a un hotel que debiera haberse llamado Sputnik, así rezaban las reservas hechas, pero que en cirílico era algo irreconocible. Trámites desconocidos para un viajero de “occidente”. Pagar por adquirir una tarjeta de identificación del hotel y atravesar la puerta interna de seguridad y sortear los controles de la seguridad en cada piso, ejercida por mujeres, señoras de un tipo físico y edad homogénea, unos 40 a 50 años que están en cada piso del hotel noche y día.

La pieza común, pero no tanto. En pleno verano resulta extraño la calefacción permanente; pero es así, porque esas cañerías externas que están situadas en el baño son a su vez las del agua caliente de la ducha. Salvo algún día en que se superaban los treinta grados de temperatura ambiente, se suspendieron por algunas horas. Las grandes ventanas con vidrios dobles, no tienen persianas. Deben tomar todo el sol todo el tiempo que lo tienen en el verano y el escaso de invierno. Sin persianas está el sol día y noche, noche y día, en una continuidad que sorprende y desequilibra el sueño y el descanso para nosotros acostumbrados a un cambio nítido del día y la noche durante todo el año.

Era el tiempo de las noches blancas, en que apenas la noche es un rato de penumbra para aparecer otra vez el sol radiante y mantenerse fuerte y golpeando sobre el hormigón de las avenidas.

La idea fija era llegar al Kremlim. Llegar al subte, embocar la entrada y hacerse entender fue la segunda gran odisea después del trámite del hotel. ¿En qué dirección tomar el subte para ir al Instituto de Latinoamerica?. Bien, llegamos, hablaban español, entonces... ¿el Kremlin? Hay que tomar el subte. ¿Y caminando no llegaríamos? Sí derecho por Ordinska. Poco a poco, cruzando, buscando las escaleras para atravesar avenidas, pasando fantásticos puentes sobre el río Moscú, ya se ve... allá, estamos ante las murallas... Esas eran las murallas del Kremlin, sorpresa, asombro, enormes, rojas, imponentes, monumentales, altísimas torres, mientras nos íbamos acercando más, más,....más sorpresa, la Plaza, ¡era esa!, la Plaza Roja!, esa, la famosa,... como cerrando un poco el paso.. o como para mostrar una entrada, la catedral de San Basilio, esas de las cúpulas, esa que está en las agencias de turismo, esas de todos colores con nueve cúpulas todos diferentes, esa típica del arte ruso, allí al frente, esa que fue testigo de tantas historias que se superponen pero que nos es fácil descubrir como si fueran los estratos geológicos a la vista, aquí no están a la vista todos los estratos, aunque está todo, está el monumento que conmemora la invasión napoléonica de 1812, está esta iglesia con siglo XV, están las murallas que parten desde la fundación de Moscú en el XIV, está en el centro de la Plaza el mausoleo de Lenin, sobrio, de mármol rojo y negro, está como cerrando la plaza el Museo de Historia de Rusia, una antigua iglesia transformada en museo, están enfrente en el cuarto lado las galerías comerciales del siglo XIX, a la vuelta contra el muro está el Monumento al Soldado Desconocido, y en medio altos y enormes, esos carteles provocadores de las multinacionales, ese dinero, el rublo debilitado, esa miseria que empieza a verse también en las calles de Moscú; todo junto y separado, toda una historia que golpea fuerte y se muestra majestuosa pero encierra secretos que no esconde sólo un idioma que uno no puede descifrar desde el español o nuestro modesto inglés o francés. Está escondida por otras razones. Todavía están en guerra entre sí las historias pasadas, y uno se pregunta hoy cómo quedó instalado en la memoria del pueblo, la etapa Romanov, la Revolución del 17, la segunda guerra, la caída de la URSS.

Si hubiéramos llegado con la idea que nos dieron los diarios, de que la historia de la URSS fue arrasada por completo y que ahora Rusia está en el reinado del neoliberalismo como gran aporte del resto del mundo, y no hubiéramos estado dispuestas a mirar mejor y más hondamente que lo aparente, no hubiéramos podido descubrir que estábamos ante otra historia, que Rusia no es cualquier país donde hoy impera el imperialismo con sus políticas de privatizaciones y de extracción de la riqueza de todos por muy pocos. Por todos lados afloraba el pasado.

Nos inquietaba la cuestión de ver cómo había quedado esa historia de revolución obrera y campesina y esa larga construcción social tan diversa al capitalismo y su implosión reciente.

Las dificultades del idioma nos dejaban impotentes. Lo que obtuvimos son hipótesis para seguir preguntándonos, para seguir en la búsqueda de los intrincados procesos históricos, de ver qué queda y qué pasa en la historia, y quiénes se esfuerzan por borrar y de qué manera. Entonces empezamos a preguntar a los pocos jóvenes del Instituto de Estudios Latinoamericanos que hablaban español y que eran nuestras guías designados para resolver algunos problemas administrativos .

¿Estudian ustedes la historia de Rusia? ¿Estudian la revolución del 17? “No, a nosotros no nos interesa la política”. Sorprende encontrar una respuesta semejante a la que dan muchos de nuestros estudiantes cuando les preguntamos qué saben del peronismo o de la última dictadura militar. ¿Por generación espontánea surgió esa respuesta o forma parte del discurso oficial transnacional?. ¿Cómo pueden también ellos creer que los temas de la historia, cuando tratan períodos recientes o situaciones controversiales como las revoluciones son “política” y por lo tanto no puede estudiarse en la escuela?

Otra respuesta acerca de qué saben de la revolución del 17 fue muy curiosa. “No, eso, no fue una revolución, antes se llamaba así, pero ahora sabemos bien que fue una insurrección popular, la verdadera revolución fue la de febrero (del 17, la que destituye a los zares y lo reemplaza un gobierno provisional burgués)

Preguntados acerca de Lenin y de Stalin, reconocen los jóvenes de hoy que eso no se estudia en las escuelas. Que lo que saben (o creen) se lo han enseñado sus padres. Y entonces tanto estudiantes universitarios como docentes de escuela primaria, reconocen no haber estudiado, pero sin embargo dicen que ahora sí estudian la vida de los Romanov, que antes no lo sabían, que no se estudiaba, que sólo se estudiaban temas políticos, aburridos, en cambio ahora la vida de esa familia, sus anécdotas, la vida de sus tiernos hijos, sus fiestas y vidas de palacios, son entretenidas. Que antes no se tenía confianza para hablar o para criticar en cambio ahora hay libertad (otra vez frente a un discurso universal tal como el que ensalza las “democracias latinoamericanas” sin ver que ahora se ofrecen productos diversos y hasta con algunos carteles luminosos, que antes ni se conocían pero ahora no se pueden comprar porque los sueldos no alcanzan). Coinciden en que se agranda la miseria, en que avanza la pobreza, en que antes la vivienda la tenían del estado o de cooperativas y que ahora es difícil mantener, en que la educación ahora empieza a ser privada y que entonces genera elites, que empiezan a producirse los “nuevos rusos” con una distancia social creciente con respecto a las mayorías.

Y el Kremlin imponente con una historia que es necesario desentrañar y San Petersburgo con el Palacio de Invierno, con el Hermitage donde Catalina la Grande había coleccionado amantes y joyas, tesoros artísticos en un palacio que encierra belleza y la magia del poder. Caminar por esas calles donde multitudes pelearon, se organizaron, discutieron, dieron sus vidas por romper ese poder omnímodo y fastuoso a su costa, esos palacios que pasaron a ser la sede del partido bolchevique, esos lugares donde se reunió la Duma, donde se reunió el Primer Soviet de Petrogrado, ese río Neva que dando vueltas y vueltas fue testigo de tanta historia, ese barrio obrero de Nevsky con esas casas colectivas que dan la idea del poder soviético, el pujante puerto y allí no más, apenas treinta kilómetros del centro de San Petersburgo el golfo de Finlandia, allá en el horizonte esa tierra tan boreal. AllÍ el Palacio de Verano de los Romanov, un Versalles increíble, unas fuentes que descienden en centenares de metros hasta el mar, los bosques que lo envuelven, ese canal que llega al mar por donde recibían a los invitados a las fiestas, ese bosque donde sorprendían las picarescas incursiones de los invitados de las cortes, esos bancos atrevidos donde al sentarse brotaba un chorro de agua, esas correrías donde el novio debía buscar a su novia raptada en una ficción o quizás no tanto por otros jóvenes de la cortes. Un San Petersburgo surcado de brazos del Neva y de canales, esa Venecia del norte que recorren hoy sus 5 millones de habitantes y miles de turistas sorprendidos y extasiados, esa belleza increíble surgida de la decisión de Pedro el Grande apenas 300 años atrás, que forzó a construir esa ciudad fortaleza para defender su reino que crecía para el norte y para el sur.

Entrar por la puerta de la fortaleza de Pedro y Pablo es encontrarse otra vez con las historias que se cruzan. La iglesia fastuosa con el trono imperial, oro reluciente; marca las 12 del día un tremendo cañonazo que también hace historia, las tumbas de los últimos Romanov exhumados con la caída de la URSS, con flores frescas, con la vigencia de un entierro reciente como para ponerse por encima y censurando la historia que los destronó con la fuerza y el calor popular y la dirección del partido bolchevique. Y la cárcel de Pedro el Grande, pero donde hubo también presos políticos de fines del siglo XIX con la oscura celda circular de castigo sin ninguna grieta por donde pudiese entrar siquiera un hilo de luz. Y todos los grandes ataúdes de mármol y rocas de diversos colores de Catalina, de Alejandro, de Pedro, todos en sitios imponentes y presentes, como si esa fuera la historia para rescatar.

Preguntamos por el museo de la revolución, ¿no hay? ¿No hay nada que muestre esa historia? Si, sólo uno aunque hay centenares de iglesias ortodoxas reconstruidas funcionando que son o fueron museos custodiados y mantenidas desde la revolución de octubre. El Museo de la Revolución es en el Palacio de la Bailarina nos dice la guía......... amante de un noble, que lo abandonó cuando cayó Nicolás II y fue tomado por la dirección del Partido bolchevique. Cuadros, volantes, periódicos, algunas ropas, pero en el piso alto, bajo el cuidado de una anciana que parece salida de la historia como si hubiera sido la última secretaria de Lenin, muestra con orgullo sus escritorios, su cama, su teléfono, y el balcón, aquél desde donde dirigió a los obreros de Petrogrado y a los marineros de Cronstad sus firmes posturas acerca de cómo debía fortalecerse el Partido para organizar el asalto final al poder. Al frente un parque- bosque, con un tranvía que pasa lánguido y antiguo, recorriendo año tras año con algún nostalgioso pasajero que mira con insistencia ese balcón de la historia.

Cuando creímos que los nuevos aires de la historia habían barrido con Lenin porque todos los diarios mostraron y nos refregaron que Lenin había sido arrastrado brutalmente por las multitudes, resulta que lo encontramos en los nombres de las calles, en las plazas, en monumentos, en la Biblioteca que lleva su nombre, en estatuas, en las estaciones de subte y en el mausoleo. Allí está, la entrada regulada durante pocas horas al día, con estricto control, no se puede llevar cámaras de fotos, fumar, tener sombrero puesto, hablar, se exige un silencio total. Cada día en que se habilita la entrada, largas e interminables filas de centenares de personas de todo el mundo, entran, lenta y silenciosamente,descienden a la cripta, ven su ataúd algo sobreelevado, y lo ven allí, acostado, boca arriba, integro, un Lenin que se impone desde la historia y, deja perplejos a todos, obliga a pensar; su cabeza y sus manos más iluminadas se destacan desde su traje oscuro. Está allí en el centro de la Plaza Roja marcando un hito de la historia pero también una vigencia con su enfoque científico de la etapa que vivió.

La vida moderna está alrededor pero no es cualquier ciudad de las que conocemos en “occidente” como dicen ellos. Orden, limpieza, organización de los transportes, mujeres jóvenes conducen los trolebuses, extraordinario servicio de subtes con 300 Km. de vías pasan por debajo del río que se encarga de zigzaguear por toda la ciudad; profundísimos túneles, escaleras mecánicas que llevan por debajo del río, tanto tiempo aunque son veloces que da tiempo a la lectura y a los besuqueos de los enamorados. Las obras de arte de las estaciones del subte, la decoración artística en bronces, mármoles, maderas, cristales, vitrales, mosaicos, cerámicas, luminarias que dan el aspecto a cada estación de una sala de palacio, obras que recuerdan los tramos fundamentales de su historia. Allí 1905, 1917, 1941, 1945, están presentes en cada estación. Millones de rusos van y vienen diariamente, sin niños, no se ven niños ¿no hay? ¿son tan pocos?, son pocos, algo pasó para ese pueblo que sufre no sólo el achique económico, que sufre la incertidumbre y el empobrecimiento, la situación que los deja estupefactos ante una historia que no entienden y que los atrajo por lo nuevo que le mostraban, no sabían qué pasaba en “occidente”, en América Latina con esos espejitos de colores que les vendían: les llegaban con el discurso de la libertad buscada pero que les enroscó la víbora del individualismo y la irracionalidad a la que no estaban acostumbrados, y les cambió el dios, por el dios - mercado.

Centenares de iglesias recientemente restauradas dan un paisaje muy particular con sus cúpulas de “cebollas” gigantes y multicolores. Muchas que habían sido declaradas museos desde la revolución del 17 han conservado la riqueza arquitectónica y las obras de arte de pintores, ebanistas, orfebres, arquitectos y muralistas. Los magníficos puentes sobre el río de pesados hierros forjados con espigas de trigo, con engranajes de máquinas, con la oz y el martillo, muestran el esplendor de un régimen que se había pensado para la eternidad. Monumentales edificios públicos y hoteles, teatros y monoblock de viviendas rodeados de jardines y bosques hasta el centro de la ciudad dan a Moscú el carácter de una ciudad hermosa y cautivante. No es todavía una ciudad de “occidente”. Tiene ese encanto de mantener otras normas, otros valores, otro cariz, una rutina de orden que nosotros no conocemos, con trenes que llegan a horario como los del occidente de Europa, con limpieza en las calles mantenida por los propios usuarios con una rigurosidad admirable, mecanismos administrativos rígidos, duros, quizás deficientes o rémoras de controles de una sociedad que fue, que todavía no están adecuados a las nuevas ondas de las relaciones internacionales. Se advierte que todavía las empresas de servicios son estatales, se advierte que hay enormes posibilidades sobre las que tratan de desembarcar empresas multinacionales, que seguramente están agazapadas a la espera de grandes negocios inmobiliarios, que están entrando sectas de “occidente”,que es un enorme mercado potencial donde para revertir la costumbre sana de no fumar ofrecen como publicidad paquetes de cigarrillos llenos a cambio de otros empezados.

Se trata de una parte del mundo que debiera ser mirada como una experiencia que nos pertenece a todos, no con extrañeza producto de otra historia ajena. Una revolución que se produjo sobre una historia que ya se estaba globalizando, ya el imperialismo francés había lanzado sus tentáculos sobre la Rusia y las repúblicas europeas y asiáticas, ya Japón se había lanzado sobre Vladivostock después de la gran revolución de octubre, ya las potencias capitalistas aliadas habían preparado estrategias para demoler la nueva sociedad que estaba construyéndose en la segunda década del XX. Y poco después de esa guerra civil el nacimiento de los fascismos en Europa empezó a trazar estrategias para demoler la nueva experiencia socialista. La Segunda Guerra Mundial que recuerdan con fervor todavía, la “gran guerra patria” la llaman, tiene sus monumentos y su presencia en los museos, esa sí, la invasión alemana del 41 está al rojo vivo, está en todas las familias con sus muertos y sus desaparecidos, está en ese silencioso monumento junto a la muralla del Kremlim donde rigurosamente cambian cada día las guardias jóvenes soldados a la vista de un gran público que se acerca respetuoso y participante. En esa tumba al soldado desconocido siempre con flores frescas, van las parejas el día de su casamiento para rendir un homenaje silencioso, después vendrá el brindis, pero allí, en silencio depositan su ramo de novia, allí juntos rinden un homenaje a su familia y a su patria. La idea de patria está, quizás también en el rechazo a aprender otro idioma, a no ser amable con el extranjero, a defender lo suyo que no saben ya muy bien qué es en medio de la congoja, la incertidumbre, que les produce lo nuevo.

Tantos monumentos arrojados en los primeros años de los 90 en momentos de la Perestroika y la Glasnt que habían ido a parar a un depósito de antiguallas fueron rescatados y ubicados en un gran parque y pero resignificados: un Stalin que había caído por la fuerza de las multitudes con su nariz rota por la caída fue levantado ahora en otro lugar junto al río, desde donde se ve el gigantesco monumento en bronce de Pedro el Grande conquistando Rusia por el río Moscú. Ahora esos monumentos levantados conservando las roturas de sus caídas junto a uno de Lenin están rodeados de otras estatuas, de metales retorcidos, de piedras que parecen cabezas humanas encajonadas detrás de rejas como prisiones, como torturas, trabajadores sometidos y adelgazados por la tristeza y el dolor como manojos de hierros oxidados. Un parque de la historia pero tampoco es objetivo. Tampoco sus mujseos.

Si uno busca saber de historia por lo que ve no le alcanza porque los museos saltean la revolución bolchevique y desde entonces a esta parte sólo aparecen algunos recuerdos materiales de la Segunda Guerra. En cambio, sí mucho de los zares, de las iglesias ortodoxas, de los pueblos primitivos. También allí la memoria de la historia está manejada. Aquel museo de la “contra religión” de San Petersburgo sigue estando pero más reducido, ahora comparte con un museo de la religión de los que hay tantos. El de la contra religión, creado durante la revolución mostraría los artilugios para producir “milagros”. No lo pudimos visitar, la guía lo salteó en el recorrido.

Moscú tiene 9 millones de personas. Recorrí mucho, no toda la ciudad, pero no vi ninguna casa particular, excepto algunas pocas mansiones que son ahora embajadas. Las viviendas particulares son departamentos en monumentales edificios colectivos, algunos de estilo y de belleza increíbles. Otros que ya muestran el derrumbe de la nueva etapa del deterioro de las funciones sociales del estado. La presencia de rasgos clásicos, franceses, italianos se mezcla con la llamada arquitectura rusa de la Revolución, con la barroca, bizantina, cargada de decorados y colores que atrapa a la vista sobre todo en las iglesias. Los museos del Kremlin y del Ermitage, la biblioteca de Lenin, el museo Pushkin por citar algunos, las universidades, las academias de arte, la Academia de Ciencias de Rusia, el esplendor de la vida cultural.

Pero preocupa que tantos jóvenes hoy no hayan podido saber más que datos aislados provistos por las anécdotas particulares de sus padres de una generación anterior. Descubrir la historia es tarea no sólo de los rusos.

Da la impresión que ese desconcierto sobre lo que pasa hoy, esa dificultad para resolver problemas nuevos en algunos planos de la vida práctica, tuvieran que ver con la caída del Partido Comunista que era capaz de organizar prolijamente grandes eventos en otras épocas. Esto es apenas una hipótesis.

El desconcierto lo pudimos observar entre los intelectuales que participaron del Congreso.

Estaban quienes aspiraban a que se concreten las “reformas”. Esperaban con interés el avance privatizador, ignorantes de los resultados que ya había producido en otros países del orbe, como los de América Latina. Rusia estaba distante, daba la impresión que creyendo en los pecesitos de colores del discurso neoliberal veían posible sacarse las limitaciones de la etapa soviética Ya se empezaba a ver la hambruna en las calles, el deterioro demográfico, la mayor desigualdad social, los bienes más variados y expuestos en vidrieras y propagandas luminosas, pero accesibles para pocos. Capas medias quizás en formación, que lo serían por poco tiempo, estaban satisfechas por los cambios, vivían algo que definían como “más libertad”, pero a la vez empezaban a sacar cuentas los docentes de lo poco que podían comprar con sus sueldos, ante la permanente e imparable inflación.

Al llegar a Rosario, junio 2001.